Entrevista con Andrew MacMillan – Director de la División de Operaciones de Campo de la FAO

"El fracaso en el tratamiento del problema del hambre crónica cuando se dispone de los medios necesarios para afrontarlo es, por decirlo en modo directo, un asesinato a gran escala. Mucha gente se estremece con el uso de estos términos, pero, como resultado de la negligencia, uno de cada ocho humanos morirá muchos años antes de lo que debería, frecuentemente muy joven, simplemente porque hemos fracasado en asegurarle suficientes alimentos."

En esta entrevista, el Director de la División de Operaciones de Campo de la FAO, Andrew MacMillan, comenta las lecciones aprendidas de la amplia iniciativa brasileña contra el hambre, Fome Zero.

Según la FAO, el mundo produce suficientes alimentos como para abastecer a todos sus habitantes y existe también el saber-hacer técnico necesario para mejorar la nutrición e incrementar el acceso a los alimentos. ¿Qué falta, pues, para alcanzar la seguridad alimentaria?

Durante los actos de conmemoración del LX aniversario de la FAO, el director general y el presidente Lula seleccionaron citas del artículo que, titulado El Trabajo de la FAO, había sido redactado para la primera conferencia de la FAO, hace sesenta años, por un equipo dirigido por el doctor Frank McDougall. El presidente Lula se refirió a la “visión del paraíso… como un lugar donde la comida fuese abundante y la penuria (carestía) dejara de existir”, y a la convicción de nuestros fundadores de que este paraíso sería posible.

La anécdota resume la convicción que tenemos muchos de los trabajamos en seguridad alimentaria: es totalmente factible, siempre y cuando haya voluntad política, erradicar el hambre del mundo en un breve plazo de tiempo. Desafortunadamente, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, se pone mucho más esfuerzo en debates interminables (talleres, seminarios, artículos académicos…) sobre cómo acabar con el hambre, que en una acción decidida que prolongue y enriquezca las vidas de la población. La búsqueda de soluciones “perfectas” no acabará nunca, simplemente retrasa la acción. Y mientras tanto, la gente sigue muriendo.

Desgraciadamente, parece que el mundo sólo despierta a los problemas del hambre cuando éste es tan extremo que los afectados se encuentran al borde de la inanición y las imágenes de televisión de los niños demacrados alteran temporalmente la complacencia de quienes disfrutan de las comodidades de la vida. Por supuesto que debe haber una respuesta humanitaria adecuada a las situaciones de hambre aguda; sin embargo, es la existencia constante, a amplia escala, del hambre crónica tan bien descrita por Josué de Castro la que hace a tantas personas tan vulnerables cuando son afectadas por desastres como sequías, inundaciones o colapsos de precios.

El hambre crónica mata, mata lentamente. Expone a la gente a la debilidad y la enfermedad; le arrebata las oportunidades y socava su amor propio; perpetúa la pobreza y frena el crecimiento económico. Su existencia contraviene el más básico de los derechos humanos: el derecho a una alimentación adecuada. El fracaso en el tratamiento del problema del hambre crónica cuando se dispone de los medios necesarios para afrontarlo es, por decirlo abiertamente, un asesinato a gran escala. Mucha gente se estremece con el uso de estos términos, pero, como resultado de la negligencia, uno de cada ocho humanos morirá muchos años antes de lo que debería, frecuentemente muy joven, simplemente porque hemos fracasado al asegurar que tienen alimentos suficientes. Lo absurdo es que, al mismo tiempo, casi tantas personas están acortando sus vidas por sobrealimentación (una suerte de suicido masivo).

¿Qué pasos podrían dar otros países para emprender acciones deliberadas y a gran escala contra el hambre?


Brasil es un buen ejemplo de lo que necesitan hacer los países para luchar contra el hambre. El presidente Lula dio la pista con el lanzamiento, en enero de 2003, del Programa Hambre Cero (Programa Fome Zero). Él fue fiel a la visión de los fundadores de la FAO y al pensamiento de Josué de Castro: todos pusieron la erradicación del hambre en lo más alto de la lista de prioridades de la nueva FAO, y el presidente Lula consideró que deshacerse del hambre era la prioridad número de su gobierno.

El significado del Programa Fome Zero, desde una perspectiva internacional, radica en seis lecciones que los demás países podrían emular.

La primera y más destacada: la importancia del liderazgo y de centrarse en un objetivo. A través de Fome Zero, el presidente de un gran y ampliamente admirado país en desarrollo ha situado la erradicación del hambre en el puesto más alto de su lista de prioridades, se ha apasionado con el asunto y ha hecho ­de este objetivo su fijación. Al hacerlo, él desafió la idea convencional de que el hambre desaparecería como resultado del crecimiento económico y de la consecuente reducción de la pobreza.

Segunda: la necesidad de audacia. El objetivo Fome Zero es absoluto en el compromiso de erradicar el hambre de Brasil en un plazo de cuatro años. Nada mejor que un objetivo no acomodaticio y ambicioso para estimular a la gente a una acción a gran escala: esto fuerza a los responsables a volver a partir del objetivo mismo y a poner en marcha todas las medidas requeridas para alcanzarlo, en vez de adoptar el planteamiento más convencional de intentar ampliar lo que ya está en marcha (cuando la reacción de los funcionarios suele ser la de enumerar un sinfín de problemas y riesgos, y moverse paso a paso). Un objetivo audaz puede generar expectativas excesivas (como éste hizo), y existe un alto riesgo de que simplemente no sea posible triunfar al 100% dentro del plazo, pero es mejor correr ese riesgo que poner las miras más bajas. Cuando los gobiernos están envueltos en demasiadas tareas inmediatas, no hay forma de generar sentido de urgencia si el objetivo es la reducción “a la mitad” de un problema (como el objetivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación) en un plazo de veinte o quince años. Sólo ahora, cuando los gobiernos se dan cuenta de que les quedan diez años, éstos empiezan a tomarse en serio los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Tercera: la necesidad de implicar a la sociedad en su totalidad. Desde el principio, Brasil hizo de la lucha contra el hambre un objetivo auténticamente nacional, y no una tarea únicamente del Gobierno. Recuerdo el folleto dibujado por Frei Betto que mostraba a Lula en la portada dando una patada a un balón de fútbol mientras que en la página de atrás se mostraba la pelota cayendo en un campo lleno de brasileños, con la siguiente leyenda: “ahora la pelota está en tu campo”. El “mutira  o” movilizó una enorme respuesta popular y la lucha contra la pobreza se convirtió inmediatamente en una cuestión de orgullo patrio. La creación del Consejo de Seguridad de Alimentación Nacional (CONSEA), juntando a todos los actores clave, proporcionó el mecanismo formal institucional para ampliar el compromiso con el Programa (y mantener la presión para que el gobierno cumpliera sus funciones). El CONSEA ha contribuido decisivamente a llevar a la Asamblea Nacional los anteproyectos de ley sobre Seguridad Nutricional y Alimentaria, basados en las Directrices Voluntarias sobre el Derecho a la Alimentación.

Cuarta: las ventajas de ocuparse de las diferentes categorías de personas con hambre mediante programas simultáneos con destinatarios específicos. Fome Zero fue diseñado para ocuparse de las necesidades particulares de todas las categorías de personas que sufren hambre crónica o aguda y desnutrición con un amplio abanico de diferentes medidas para cada destinatario. Se ocupó tanto de la dimensión de la producción como de la del acceso relativas a la seguridad alimentaria, y trató de enlazarlas (por ejemplo, mediante raciones de leche suplementarias suministradas por la producción local a las familias pobres). De esta forma se puso en práctica el enfoque de doble vía para reducir el hambre, solicitado por la FAO, pero que todavía no ha sido adoptado por muchos gobiernos. El hecho de que tres ministerios (el de Desarrollo Social, el de Desarrollo Agrario y el de Educación) representen aquí un papel principal en la reducción del hambre da fe de la amplitud del Programa.

Quinta: combinar la acción inmediata a gran escala con correcciones iterativas y de aprendizaje. Por su gran ambición, Fome Zero implicó enormes riesgos, pero al mismo tiempo aprendió rápido de su propia experiencia: el idealismo con el que se lanzó el programa (centrándose fuertemente en el tratamiento de las causas estructurales, o exclusión social, del hambre) dio paso al pragmatismo. Pasado un año, el énfasis pasó de modificar las complejas relaciones de dependencia entre los pobres y los poderosos en las zonas rurales a garantizar que muchas familias pobres, sobre todo en las ciudades, tuvieran suficiente para alimentarse. Sólo de esta forma (y sin poner demasiados condicionantes) pudo hacerse más cercano el objetivo del presidente. Esto significa que todavía se necesitan muchos cambios estructurales (y culturales) para que el programa erradique el hambre para siempre, pero esto, por su propia naturaleza, supondrá más de cuatro años. Ya es bueno ver en el último presupuesto que los componentes “estructurales” (reforma de la tierra, ayuda a los pequeños agricultores, adquisiciones de productos de los pequeños agricultores) del programa crecerán más rápidamente el próximo año que los componentes sociales.

¿Cuáles son el principal reto y la principal contribución del Programa Fome Zero?

Creo que Fome Zero ilustra que, una vez que hay voluntad política, las cuestiones relacionadas con el diseño y aplicación de programas contra el hambre a gran escala son más institucionales que técnicas. Los programas son complejos y requieren realmente buenos planes de gestión (establecer registros precisos de beneficiarios cualificados, asegurar que el programa se dirige con éxito a quienes realmente lo necesitan, vigilar las actuaciones, registrar los resultados…)

Lo que yo afirmo es que la principal contribución internacional de Fome Zero es el ejemplo que está dando al resto del mundo. Confío en que cuando se registren sus logros, mostrará que realmente es posible reducir rápidamente la incidencia del hambre, y que cuando las personas se alimentan adecuadamente no sólo se respetan los derechos humanos, sino que se generan beneficios económicos. Si se pueden hacer estas afirmaciones, y si éstas pueden combinarse con el liderazgo idealista que el presidente Lula, junto a los líderes de Francia, Chile, España y otros países, está ofreciendo internacionalmente en la lucha contra el hambre, la visión de Josué de Castro de un mundo sin hambre podrá hacerse realidad rápidamente.


Programa Hambre Cero  

El Programa Hambre Cero brasileño fue lanzado por el presidente Lula en 2003 como una política pública para erradicar el hambre y la exclusión social en su país. El Programa Hambre Cero consta de dos estrategias paralelas para luchar contra el hambre en Brasil, similares al enfoque de doble vía de la FAO: a corto plazo, se dan respuestas de emergencia para suministrar alimentos a quienes padecen hambre, mientras que a largo plazo se pretende mejorar la formación profesional, reducir la pobreza y estimular la producción alimentaria. El programa se desarrolla en alianza con los gobiernos municipales y estatales. Miembros de la sociedad civil se encuentran en el Consejo Nacional para la Seguridad Nutricional y Alimentaria (CONSEA, en portugués), que tiene un carácter consultivo y sirve como mecanismo de garantía de la interacción entre la sociedad civil y el gobierno.

Para más información sobre el Programa Fome Zero, visite, por favor, su sitio web: http://www.fomezero.gov.br

 


Aviso: Las opiniones expresadas en esta entrevista no entrañan juicio alguno ni por parte de la Red del Sistema de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Rural y Seguridad Alimentaria ni por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.